18 abril, 2024

Hace unas semanas, Doris Casares planteaba en Diario Médico una antigua pero interesante cuestión. “¿Qué fue primero, los medios sociales o el cambio de hábitos en la sociedad?”.
Me gustaría hacer la pregunta de forma más genérica. ¿Qué va primero, el desarrollo tecnológico o el avance social?
La experiencia nos hace pensar que son los cambios sociales los que permiten que los avances tecnológicos tarden más o menos en aceptarse. Existe eso que ha venido en llamarse “madurez del mercado” que resulta necesario para que un producto alcance el favor del público. Hay multitud de ejemplos (desde el GPS a la pintura de Van Gogh) sobre cómo determinados avances han quedado aparcados durante años hasta que, sin saber porqué en un momento determinado obtienen un gran éxito.
La conclusión es que si eres demasiado genial. Demasiado rupturista, estarás adelantado a tu tiempo y, probablemente, no consigas fondos para desarrollar tus ideas, o bien te mueras de hambre si tiene que vender tus cuadros. Es posible que, muchos años después, alguien te descubra y diga “era un genio”. Genialidad y éxito probablemente sean conceptos incompatibles.
Como vemos, eso de la madurez del mercado, o la capacidad de la sociedad para incorporar un producto nuevo, es un fenómeno multifactorial que limita la innovación. Seguramente ya están diseñados los televisores o las aplicaciones demóticas que aparecerán en las tiendas dentro de unos años. ¿Cuándo lanzarlos al mercado? Las empresas saben que de esta decisión probablemente dependa el éxito o el fracaso de sus productos.
En Internet, este ciclo de producción es mucho más rápido y, además, muchas aplicaciones incorporan desde el inicio la experiencia de usuario. Es el concepto de beta (usado, sin ir más lejos, por Google) que va retocando, añadiendo y quitando, según las preferencias de los propios usuarios.
No obstante, también son famosos los patinazos (pongamos también de ejemplo a Google y su Google Health) y los proyectos que fracasan porque se adelantan demasiado.
Aun así, las redes sociales no surgieron de la nada. Los foros y BBS se organizaron y en cuanto los lenguajes de programación lo permitieron, dieron paso a las comunidades virtuales y a los “grupos de Internet” que no eran sino redes sociales vinculadas fuertemente a un tema específico.
A partir de aquí, surge Geocities en el 2004, en forma de agrupación de comunidades o pueblos.
La innovación posterior probablemente no sea tecnológica. La novedad consiste en no organizar a los miembros en torno a los temas, sino al contrario. Este concepto del usuario como centro tarda nada menos que 10 años, pero Facebook encuentra el él el éxito, y posteriormente todas las demás aplicaciones que hoy conocemos.

Parémonos un momento porque aquí está el elemento clave, aunque en sanidad no hayamos acabado de interiorizarlo.

El ciudadano es (debe ser) el centro del sistema sanitario, y en torno a él deben organizarse los servicios y la información. Pero este ciudadano también tiene otros intereses que probablemente le resulten más importantes. Tiene su familia, su trabajo, le gusta el futbol e ir a recoger setas. ..
Es por esto que cuando la salud constituye un área de interés más, como son los canales relacionados con ella en Facebook y Twitter, más accede el usuario. Uno no es diabético, o hipertenso, o busca información sobre alimentación saludable las 24 horas del día. Sin embargo cuando la enfermedad altera la pirámide de intereses y prioridades de las personas (porque su pronóstico es malo, producen incapacidad, afectan a familiares próximos. . .) es cuando se utilizan las redes específicas sobre dicho tema, porque ofrecen apoyo, filtran la información, enseñan habilidades, muestran recursos y un largo etcétera.

Si queremos llegar a nuestros pacientes, tengamos en cuenta sus prioridades. Creo que esto es una premisa básica para diseñar una web pero también para llevar una consulta.

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